Adaptación
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| Término | Definición |
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| Adaptación | El término adaptación puede referirse: en el ámbito laboral, la adaptación laboral es aquel en el cual se afrontan todo tipo de cambios, existe la flexibilidad por parte del trabajador a la hora de hacer frente a imprevistos y aportar de manera ágil soluciones.
en ciencias sociales, a la adaptación social, proceso por el cual un grupo o un individuo modifica sus patrones de comportamiento para ajustarse a las normas imperantes en el medio social en el que se mueve; Esta análisis se fundamenta en la observación de que las sociedades desarrolladas tienden a regirse por unos criterios que difieren radicalmente de aquellos que, anacrónicamente, aún siguen determinando en su normatividad ciertas relaciones sociales entre los individuos que la configuran. El desarrollo material, producto de una utilización generalizada de los medios científicos y tecnológicos, en su progresiva instrumentalización rechaza por su inoperatividad todas aquellas concepciones sobre la realidad que impiden u obstaculizan, en su fundamentalismo, la apertura de lo social al duro e inhumano materialismo racional. Una vez establecidas estas notas introductorias y generales, que son mostrativas del funcionamiento de este tipo de sociedad, hemos de tener en cuenta e incidir, antes de abordar el término adaptación y su repercusión concreta en el ámbito de lo social, en el hecho de que la racionalidad materialista y su correlativo universo simbólico-cultural han generado un tipo de sociedad que se distingue, en su particularidad histórica, por exigir un tipo de adaptación que se caracteriza en su operatividad por ser eminentemente instrumental y en su expresividad por reducir el alcance de los planteamientos teleológicos y afines. En su sentido más amplio, la adaptación en cuanto respuesta idónea a las exigencias del medio y la realidad social por parte de los individuos tiende a estar dirigida, en el ámbito de lo personal y de lo colectivo, por los principios básicos de lo utilitario, lo pragmático y lo individual y, en todo momento, apoyada por los criterios de el cálculo racional y la deliberación reflexiva. Se trata, a fin de cuentas, de alcanzar una adaptación que proporcione máximos de transparencia para obtener, a través de la acción social, los objetivos programados siempre de forma desmesurada por los actores sociales. Lo peculiar de dicho proceso adaptativo radica en que se ajusta más a las exigencias de la realidad material que a las demandas de ciertos y clásicos contenidos socializadores que, en su antagonismo constante y directo frente a una realidad poco humana y que pretende a ultranza instalarse como hegemónica, propenden a generarle en estas condiciones a los sujetos implicados una situación confusa y dispersadora cuyas notas más sobresalientes son la duda y la indecisión que, inevitablemente, conducen a la frustración y renuncia del actor a sus compromisos con la colectividad, establecida la inoperatividad de los razonables proyectos. En otros términos, la realidad desborda las limitaciones de unos patrones o modelos socializadores inadaptados a las nuevas circunstancias. Por lo general, en las situaciones de cambio y transición, los individuos suelen aferrarse y mantenerse en los niveles de lo plausible. Incorporan de manera efectiva, en sus básicos esquemas mentales y prácticos, el conocimiento pragmático, inherente al sentido común, como disipador de la insensatez ilusionista. Aunque no se pierde el discurso de la esperanza postergada se adopta ante él una actitud más distante y, por lo tanto, menos efectiva: se reduce la militancia en lo colectivo y se agudizan en su proliferación los proyectos individualistas. La dependencia de los referentes trascendentales, en su sentido más amplio, tiende a diluirse en estas sociedades adultas porque la lealtad y la acción de los individuos se sustrae progresivamente de los proyectos colectivos. Sin dejar de ser creyentes, se realiza un tipo de conducta que produce y fomenta la instalación del cinismo como comportamiento social alternativo y posible. Los individuos ubicados frente al dilema existencial de aceptar la tutela de lo profético consistente en abandonar esta realidad por la de las casi siempre suspendidas ilusiones redentoras, o, asumir la realidad en su ilustrada desilusión, han optado por esta última solución que responde a una concepción simple, mecánica y fragmentaria de la realidad social. Siendo ésta registrada, en su conjunto, como un cúmulo de esferas interrelacionadas que implican a lo público, lo privado y lo íntimo. Y es, precisamente, el conocimiento y la distinción que alcanza el individuo de estos tres ámbitos de la realidad lo que facilita esa adaptación fraccionada de los actores a lo público –en su sentido más amplio- para proveer de los recursos necesarios a esos sujetos y así posibilitar en su sucedaneidad la particular realización de su identidad, construida socialmente, en el mundo privado e íntimo. Precisando, podemos decir que la adaptación puede ser entendida como un proceso mediante el cual se produce una correspondencia sistemática entre el actor y el medio en que se desarrollan sus acciones: la adaptación exige estrategia y las estrategias varían según los cambiantes contextos históricos. Los distintos grados de adaptación dependen de la mayor o menor adecuación entre la demanda del medio y la oferta de los actores. En tanto que la adaptación implica la coherencia, en su oportuno acompasamiento y sincronización entre las solicitudes estructurales y las respuestas de los agentes (tanto individuales como colectivas), de la acción social, va a conducir, a la postre, a que la situación y representación que comprende y define el gran escenario social se reproduzca visiblemente en los actores involucrados y reglamentados por dicho proceso. En cuanto a las transformaciones que se generan en los citados marcos de la acción son resultado tanto de la intencionalidad o no intencionalidad de la acción social así como, en general, del desarrollo del complejo sistema económico, social y cultural que denominamos capitalismo. Las instituciones, por medio de los procesos de socialización, fomentan con sus normas y prerrogativas sociales la adaptación del individuo a los dictámenes y requerimientos de la sociedad en que viven para que de este modo pueda alcanzar, en la medida de sus posibilidades, los objetivos que oportunamente ofrece la estructura de la sociedad: se generan expectativas –incuestionable elemento de estabilidad social-, pero las oportunidades reales o desigualdad de recursos, son las que limitan el desigual acceso de unos y otros individuos a la jerarquía social. Existe una generalizada corriente de opinión que tiende a etiquetar e incluso a estigmatizar a la adaptación como una importante fuente de conservadurismo. No obstante, con el fin de evitar malentendidos, conviene señalar que la adaptación no consiste simplemente en un puro proceso mecánico, como podría sugerir el singular ajuste entre la estructura y la acción social, sino que también presenta un contenido dialéctico en cuanto a los cambios en el comportamiento y en su correlativo escenario pueden llegar a generar esas diferencias entre las expectativas institucionales y la realidad del comportamiento significativo de los individuos. Desde esta perspectiva, la adaptación no es sinónimo de integración sino de dinamización estable. El déficit de correspondencia entre ciertas instituciones y la acción social permite apuntar que la inadaptación como comportamiento visible y oculto puede consistir, en su eventualidad, en una desviación del modelo institucional a seguir y, por tanto, sancionable o, al contrario, puede ser un importante factor de cambio social cuando se produce a consecuencia de la incapacidad, vacío, anacronismo o falta de adaptación –inadaptación, por lo tanto- de las instituciones para reglamentar las nuevas realidades. Se produciría una situación paradójica: los adaptados a la realidad son los individuos y las inadaptadas son las instituciones. Se puede formular como hipótesis de trabajo que la adaptación espontánea de tipo individual-funcional, como inadaptación, es una respuesta que procede de la falta de coordinación entre las instituciones socioculturales y las condiciones materiales de existencia o, si se prefiere, entre el sistema económico y la estructura social: la adaptación espontánea muestra la hegemonía de los criterios materiales sobre los sociales en las organizaciones sociales capitalistas. En suma, la adaptación regida por criterios racionales, utilitarios, egoístas y hedonistas propicia la desconstrucción social para facultar otra reconstrucción social basada en una dura materialidad –que impone la ley de la oferta y la demanda- y en los reencantamientos que ofrece la llamada ideología del individualismo que, en su contemporaneidad y eficacia persuasiva, se erige en un instrumento o marco generador de nuevos y efímeros dioses para los mortales y funcionales individuos. Se intenta recuperar la realidad, poseída por la inseguridad y eventualidad, por medio de planes de salvación individualistas que aun manteniendo la incertidumbre, fehaciente muestra de la fragilidad individualista, conduce inequívocamente a la apatía solidaria y a la adaptación al bienestar. En este sentido, la observación de T. W. Adorno y M. Horkheimer de que "cuanto menos individuo tenemos, tanto más individualismo" (1) refleja, de modo preciso el proceso ininterrumpido de desmitificación y reencantamiento constantes a que están predispuestos los actores y colectivos sociales. Establecida la precariedad e insolvencia de ciertos proyectos colectivos se produce la apoteosis de los programas individualistas que exigen como supuesto fundamental la afiliación a la rígida materialidad cuyos presupuestos son estructurales en su perdurabilidad capitalista y, al mismo tiempo, la estimulación del aislamiento en relación con lo político-social dada su índole coyuntural y perecedera. De esta manera, regida por la lógica material y dirigida por los valores del individualismo, y a falta de los oportunos correctivos y referentes prácticos de toda clase, se suscita una forma de adaptación que descolla por la progresiva irresponsabilidad frente a lo público (o bienestar colectivo) y por la creciente responsabilización de cada proyecto personal (o bienestar individual). En la actualidad, más que nunca, la salvación de cada uno se encuentra en este secularizado mundo cuya realidad emergente y actuante nos muestra y demuestra que el único modo de alcanzarla es adaptándose –cada uno según sus posibilidades- a los dictámenes que conminan los novísimos y, al mismo tiempo, viejos valores que se distinguen , de un lado, por ser insolidarios, absorbentes y egoístas y, de otro, por permitir la emancipación del individuo de aquellos dioses discursivos que fomentaban –y aún intentan promover- el infantilismo, por medio de la reproducción generalizada de la dependencia y que, al cabo, sometían a una explotación despiadada los sentimientos de carácter solidario y altruista que existen en los colectivos humanos. En este sentido, conviene precisar que existen múltiples lecturas de la realidad y no sólo aquellas dos unilaterales e inflexibles visiones que, hasta ahora, se registraban como las únicas válidas en su incompatibilidad y antagonismo. Es la propia realidad resultante, que nos invade y aísla, quien nos muestra, a veces con implacable dureza y rigor, que es pluralista y, al tiempo, nos informa de que somos cada uno de nosotros quienes tenemos que asumir responsable y consecuentemente nuestro propio destino. Así pues, ante semejante situación, sólo resta demandar que la reflexividad y transparencia que hemos logrado conseguir por medio de las contribuciones de la sociedad, se ponga al servicio de todos los contribuyentes y no de los egoístas monopolizadores de los beneficios que resultan de los adaptados reproductores de la convivencia social. Sólo nos queda ser optimistas y confiar en el genio disidente del hombre, que impulsando las oportunas medidas permita la salida de esa situación inhumana que certeramente había diagnosticado Max Weber. En suma, utilizar la reflexividad y transparencia al servicio del ser humano y no de un sistema que lo destruye e incapacita. Aquí es precisamente donde las ciencias sociales pueden desempeñar un importante papel en cuanto a la recapacitación del hombre para vivir y convivir realmente en un plano de igualdad y solidaridad con sus semejantes en el transcurso de su limitada existencia.
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